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El niño del balcón que narraba fútbol en Manrique y se convirtió en Eduardo Luis: la historia que no conocía del relator
Antes de los gritos, las canciones y la fama, Eduardo Luis López fue un niño que vendió buñuelos en el barrio Manrique, almorzó en casas ajenas y miró desde un balcón cómo su padre, Carlos Freddy López, se alejaba en un camión de sonido. La vida lo puso a prueba con un infarto que cambió todo un 30 de diciembre de 1997

Usted cree que conoce a Eduardo Luis López por sus relatos encendidos, por los gritos que parecen dejar sin aire o por las canciones que inventa para celebrar los goles. Pero la imagen pública del narrador esconde una infancia de pobreza en el barrio Manrique de Medellín, una madre que sostenía el hogar con arepas frías y un padre ausente que, sin embargo, era uno de los comentaristas de fútbol más importantes del país. La historia que pocos conocen explica por qué el relator se convirtió en lo que es y de dónde viene esa intensidad que lo define.
Juan Eduardo Luis López nació en 1978 y creció en la peor época de violencia de Medellín. De rico no tenía nada. A los siete años ya recorría las calles del barrio con un carrito prestado por su abuelo, vendiendo buñuelos, arepitas, churros y roscones con azúcar. No era solo por necesidad: el propio Eduardo lo dice con una claridad que sorprende en un niño de esa edad. “A mí siempre me gustó tener plata, yo quería mi plata”, recuerda. Esa ambición temprana no era capricho, era instinto de supervivencia en un hogar donde cada peso se conseguía con enorme esfuerzo.
Doña Hilda, la madre de Eduardo, se encargaba de sostener la casa como podía. Hacía panadería, tortas de chócolo, lavaba ropa en casas ajenas y cosía. En algunos lugares no le pagaban con dinero, le pagaban con el almuerzo de los hijos. Por eso Eduardo almorzaba cada día en una casa distinta: hoy donde doña Gloria, que era el “ricachón” de la cuadra, mañana donde doña Mira, pasado mañana donde la madrina. El desayuno era una arepa con huevo, pero frita en manteca porque en esa casa el aceite era un lujo. La madre iba a la carnicería y pedía que le regalaran los “gorditos”, los pedacitos de grasa que le quitaban a la carne; los freía y la grasa que soltaban se convertía en el aceite de la casa.
Eduardo se llevaba la arepa para la escuela calientica, pero al descanso de las nueve de la mañana ya estaba fría. No había microondas. Así le tocaba comérsela. El hambre no era lo único que marcaba la pobreza: en la escuela del barrio, todos los niños eran igual de pobres y los lápices no se perdían, se los robaban. Cada uno resolvía su problema cogiendo el lápiz ajeno, y Eduardo era “el bobo que lo dejaba a la vista”. Un día su mamá le advirtió: “me botás el lápiz y te casco”. Llegó a casa sin el lápiz y le pidió que se lo mostrara. Eduardo arrancó a correr, le dio la vuelta a la manzana entera con la mamá detrás y la señora gritándole: “no corras, que te va peor”. Lo alcanzó y le dio una pela que él nunca olvidó.
Eduardo cuenta ese episodio sin rencor. Al contrario, lo agradece. Lo explica desde la perspectiva de una madre a la que no le pagaban sueldo, que miraba a su hijo sin lápiz y pensaba: “¿y ahora a dónde le consigo un lápiz a este niño, con qué plata?”. Ese lápiz era un problema de dinero, y por eso él lo dice con estas palabras: “yo no sería nada sin mi mamá y sin esos correazos”. Esa misma señora fue la que los salvó del barrio. En el Manrique de esa época, los ídolos de los niños no eran los futbolistas, eran los muchachos del combo, los de la moto, los de la esquina. Doña Hilda los tenía a todos comprados a punta de panadería: le compraban y le hacían caso. Les decía que no fueran a dañar al niño y que si lo veían en la esquina lo mandaran para la casa. Y los muchachos lo mandaban.
Cuando la violencia se volvió imposible, Doña Hilda sacó al niño del barrio y lo mandó donde una tía. Eduardo no cogió un vicio jamás, ni un arma, gracias a esa señora. El papá, en cambio, casi nunca estaba. Era un hombre que nunca encontró estabilidad, que llegaba y se volvía a ir. Eduardo carga un recuerdo que todavía le duele: su papá montando un equipo de sonido en un camioncito, yéndose otra vez, y él desde el balcón, siendo un niño chiquito, llorando al verlo partir. Uno pensaría que ese papá ausente era un irresponsable, un abandonador del hogar. La verdad es otra: ese papá que Eduardo veía irse llorando desde el balcón era Carlos Freddy López, uno de los mejores comentaristas de fútbol que ha tenido este país, comentarista de Antioqueña y director de deportes de Teleantioquia en Medellín, un innovador, un visionario.
Carlos Freddy era un ídolo de toda una ciudad, y para el niño de Manrique era su ídolo por una razón más sencilla: era su papá. Mientras los otros niños jugaban, Eduardo se sentaba en ese mismo balcón y narraba a los gritos los partidos de los pelados de la cuadra. Un niño narrando fútbol desde un balcón, imitando a su papá. Lo que pocos conocen es que Carlos Freddy tenía una guerra, una guerra de radio. Su rival era Munera Isman, el narrador más grande de Medellín en esa época, un señor que gritaba “verde” y el estadio entero le contestaba, que gritaba “a te quiero rojo” y la tribuna se venía abajo. Munera llenaba el estadio, y a Carlos Freddy eso le daba rabia. Decía que algún día iba a cambiar esa historia, y para cambiarla necesitaba una sola cosa: un narrador propio, su narrador, la otra mitad de la cabina.
Carlos Freddy le ponía casetes al hijo con audios de narradores de otras ciudades, del grupo de las transmisiones de Cali, y le decía: “oiga este, este es el narrador con el que yo puedo tumbar a Munera”. Eduardo oía esos casetes con su papá y por dentro pensaba una sola cosa: “ese narrador puede ser yo”. Ahí nació el sueño de su vida: ser el narrador de su papá, que el papá comentara y él narrara, los dos en la misma cabina. La llave perfecta: Carlos Freddy y su hijo. Ese sueño sostiene toda la historia. Eduardo se le midió, pero el papá no se la puso fácil. El apellido López pesaba como referente en Medellín y le exigió que se lo ganara. Solo una vez estuvieron a punto: en una final del fútbol antioqueño en Teleantioquia, el papá le dio la oportunidad de narrar y, para no ponerlo nervioso, se subió a la tribuna, lejos de la cabina. Eduardo narró muerto del miedo, sabiendo que allá arriba su papá lo estaba escuchando.
Eso fue lo más cerca que estuvieron del sueño. El papá sí encontró a su narrador, pero no fue Eduardo. En enero de 1997, Carlos Freddy convenció a la emisora y trajo de Cali al narrador de los casetes: Javier Fernández, el cantante del gol. La llave funcionó. Le metieron “tremendos totazos” a Munera. Carlos Freddy, que era un creativo, escribía las letras de las canciones de los equipos y Javier las cantaba al aire. “Ya viene el verde y el alma siente” era letra de Carlos Freddy. Hasta Carlos Antonio Vélez ponía esas canciones en su programa. La cabina soñada funcionaba: un narrador, la guerra ganándose, el papá cumpliendo su mitad del sueño. Faltaba una sola cosa: la otra voz de esa cabina no era la de su hijo. Lo más impresionante es que Eduardo admiraba a ese narrador. Le encantaba. Guarde ese dato, porque la historia tiene dos vueltas más.
Carlos Freddy y el cantante del gol alcanzaron a estar un año juntos. En diciembre de 1997, el 24 de diciembre, Eduardo estaba de turno en la emisora donde ya trabajaba. Su papá llegó a dejarle los regalos de la casa y le dijo una frase que ese día sonaba de una forma y hoy suena de otra: “hijo, sea responsable con la casa porque el otro año yo no voy a estar. Dios tiene cosas grandes para mí”. Era una buena noticia: se iba para Bogotá, al canal RCN, a narrar el Mundial de Francia 98 con el cantante del gol. Por eso “el otro año yo no voy a estar”. Se despidió esa Navidad pensando que se iba por un Mundial. Seis días después, la frase cambió de significado para siempre.
El 30 de diciembre de 1997, Carlos Freddy le pidió un favor simple: que llevara una cuenta de cobro a una empresa. Eduardo salió feliz en la moto que el propio papá le había regalado. Después se fue a su turno de la tarde en la emisora. Como a las cinco o seis de la tarde, vio llegar al jefe de personal de la empresa, serio, y detrás a un amigo llorando. Le dijeron: “hijo, vaya hasta Dirección, es un hospital, pero él está bien, vaya”. Eduardo pensó de todo en el camino: que estaba enfermo, que estaba grave, que algo había pasado. Pero nunca, ni un segundo, pensó que estuviera muerto. Cuando llegó al hospital, su medio hermano le dio tres palabras: “papá se murió”. Un infarto a los 38 años. Eduardo se derrumbó al piso. Después entró y lo abrazó. Todavía estaba calientico. Ese día el niño del balcón se quedó sin la mitad de su sueño para siempre.
Carlos Freddy alcanzó a dejar una sola instrucción, que le repetía siempre: “usted tiene que responderme por su mamá y sus hermanos”. Y así fue. Un muchacho de 19 años destrozado quedó de papá de su casa. Aunque, si somos honestos, él era el papá de esa casa hacía rato, desde los buñuelos. Vino la época que él llama la llorada más grande de su vida. Lloraba todos los días, a toda hora: en la moto, en la emisora, en la casa. Hasta que una noche, entre dormido, le pasó algo que todavía no sabe si fue un sueño o fue otra cosa. Se vio en la emisora y vio entrar a su papá bien vestido, como era él. Su papá lo abrazó y le dijo una sola frase: “hijo, déjeme descansar, que yo estoy bien”. Eduardo cuenta que desde esa noche empezó a soltar, poquito a poquito. Al cementerio casi nunca ha vuelto, no es capaz.
Le tocó construir solo lo que debía construir acompañado. Cargó cables en los estadios, manejó taxi, cargó bultos, fue DJ de una emisora de música. Hasta que un día en Teleantioquia, la emisora del papá, se necesitó un narrador y él levantó la mano. Y ¿sabe quién lo invitó a empezar a narrar? Javier Fernández, el cantante del gol, el narrador que su papá escogió. Eduardo lo imitaba tan parecido que cuando mandó un casete para televisión le respondieron una frase cruel: le dijeron que era una copia barata del cantante. Así, con esas palabras. Hasta que un día el propio Javier se lo dijo de frente: “mijo, haga su propio estilo, no me copie”. Eduardo le hizo caso. Ahí nació el Eduardo Luis que usted conoce: el de los gritos, el de “píííí”, el de las canciones de los equipos. Canciones como las que escribía su papá, con Javier. La vida no le cumplió la otra ilusión: Eduardo pensó que sería muy cercano a Javier, por todo lo que significó en la historia de su papá. No fue así, y él mismo lo dice: eso le duele. Hasta ahí lo dice él, y hasta ahí se queda.
Una vez le preguntaron cuál disco se llevaría a una isla desierta. Escogió una salsa vieja de Héctor Lavoe, que él mismo volvió a grabar años después, por un solo verso. Ese verso es su identidad: “hay flores en mi pecho y en el suelo espinas”. Ahora vuelva al principio, al tipo que usted dice que exagera, al que grita, al que parece que se va a quedar sin voz en cada gol. Ese es el mismo niño que hoy hace cientos de narradores, sentado al lado de su papá. El mismo que narraba desde un balcón en Manrique, esperando algún día hacerlo a su lado. Un papá que ya no está en la cabina para escucharlo. Este es Eduardo Luis.
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