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De prestar 10 pesos para un cine a firmar por 5 millones: la historia de confianza que levantó a Unicentro
Pedro Gómez Barrero, el hombre que trabajaba como celador nocturno para pagar sus estudios de derecho, le prestaba a su compañero Jaime Michelsen pequeños montos para llevar a la novia al cine. Años después, cuando quiso construir un centro comercial gigante en Bogotá, ese mismo amigo le aprobó un crédito de 5 millones
La historia de Unicentro, uno de los centros comerciales más emblemáticos de Bogotá, comenzó mucho antes de que sus puertas se abrieran el 27 de abril de 1976. Empezó en un pupitre del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, donde dos estudiantes de realidades completamente distintas forjaron una amistad que décadas después se convertiría en la base de uno de los proyectos urbanísticos más ambiciosos de la capital colombiana. Pedro Gómez Barrero, un joven que trabajaba de noche como celador en el Ministerio de Agricultura para pagar sus estudios, le prestaba 10 pesos a su compañero Jaime Michelsen para que pudiera llevar a su novia al cine. Esa cifra, que para Pedro representaba casi la mitad de lo que recibía en todo un mes, volvería a aparecer en su vida años más tarde multiplicada por quinientos mil.
Pedro Gómez Barrero creció en Cucunubá, Cundinamarca, y llegó a Bogotá a estudiar derecho en la Universidad del Rosario sin el respaldo económico de otros estudiantes. Mientras Jaime Michelsen pertenecía a una familia adinerada y recibía una mesada generosa, Pedro trabajaba turnos nocturnos de aproximadamente seis horas cuidando el edificio del Ministerio de Agricultura. En lugar de quejarse por la diferencia, convirtió la tranquilidad de la noche en una ventaja: mientras muchos de sus compañeros apenas podían estudiar dos horas, él aprovechaba el silencio del turno para repasar durante seis. Ese esfuerzo le permitió pagar sus estudios y, gracias a sus buenas notas, conseguir una beca que alivió su situación económica.
La dinámica entre los dos amigos era particular. Jaime, el estudiante de familia acomodada, a veces se gastaba su mesada y se quedaba corto para invitar a su novia al cine o para tomar un tinto después de la función. Entonces aparecía Pedro, el que menos tenía, y le prestaba 10 pesos sin poner condiciones. El propio Pedro recordaba con asombro que esos 10 pesos equivalían a casi la mitad de lo que él recibía en todo un mes. Era un gesto de generosidad desproporcionado en términos relativos: el que trabajaba de noche terminaba sacando de apuros al que recibía mesada. Ninguno de los dos imaginaba en ese momento que ese préstamo, aparentemente insignificante, regresaría convertido en una cifra monumental.
Los años pasaron y los caminos de ambos se transformaron. Pedro se metió en el negocio de la organización y la construcción, y comenzó a trabajar en una idea que en su época sonaba descomunal: quería hacer en Bogotá un gran centro comercial moderno, una especie de ciudad dentro de la ciudad. Su visión incluía comercio, servicios, recreación y parqueaderos concentrados en un mismo lugar. Para entender cómo funcionaba ese modelo, Pedro viajó a otros países, estudió su diseño, su administración y su comercialización. Finalmente encontró el terreno ideal: aproximadamente 24 hectáreas cerca del costado norte de la ciudad, por la carrera 15 con calle 127, una zona donde en aquella época todavía predominaban fincas y cultivos.
La propietaria del terreno era Gloria Conzález de Esguerra, y Pedro logró negociar con ella hasta llegar a un acuerdo. Ya tenía la idea, ya tenía el terreno, pero le faltaba un pequeño detalle: 5 millones de pesos para la cuota inicial. Ese era el dinero que no tenía. Entonces apareció nuevamente el muchacho del cine, Jaime Michelsen, solo que ya no era el estudiante que se quedaba sin mesada. Se había convertido en uno de los hombres fuertes del mundo financiero colombiano y dirigía un gran conglomerado que incluía al Banco Grancolombiano. Pedro pidió una cita y le contó lo que quería construir. Años atrás le había prestado 10 pesos; ahora necesitaba 5 millones.
La conversación no fue sencilla. Según recuerda Pedro, cuando Jaime escuchó la cifra, soltó una carcajada y le preguntó si hablaba en serio. Luego vino la pregunta inevitable: ¿qué garantías tenía para respaldar un crédito de esa magnitud? Pedro se quedó frío porque no tenía ninguna garantía tradicional: ni hipotecas, ni activos suficientes, ni avales convencionales. Así que le dijo la verdad: su firma era lo único que tenía. Esa sería la garantía: su palabra y su reputación. Jaime reunió a directivos del banco y personas importantes del grupo para presentarles la propuesta de prestarle 5 millones a Pedro Gómez sin una garantía convencional. No todos estuvieron de acuerdo; algunos dejaron claro que una cosa era la amistad y otra los negocios.
Pese a la resistencia de algunos directivos, Jaime tomó la decisión: le prestarían la plata. No fue un regalo, fue un crédito, pero era el crédito que Pedro necesitaba para empezar. Pedro volvió donde la propietaria del terreno y firmó el cheque por 5 millones de pesos. Él mismo recordaba la incredulidad de estar firmando un cheque por semejante cantidad, una fortuna para la época. Con el cheque firmado, muchos pensarían que la parte más difícil ya estaba resuelta. Pero ahí comenzó el verdadero problema, porque una cosa era imaginar aquel centro comercial y otra muy distinta conseguir gente dispuesta a comprar locales dentro de algo que todavía no existía.
Para convencer a los compradores, Pedro y su equipo arrendaron una casa frente al proyecto y montaron una enorme maqueta con fotografías, planos y diseños. Los posibles compradores llegaban, miraban la maqueta, preguntaban precios, comían empanadas y tomaban gaseosa mientras Pedro intentaba venderles la idea. La fórmula era ir construyendo con parte del dinero que entregaban las ventas: vendían, construían, volvían a vender y seguían construyendo. Por eso había una cosa que Pedro no podía darse el lujo de perder: la confianza. Y precisamente eso fue lo que comenzó a tambalear cuando empezaron a circular rumores de que Pedro estaba quebrado, de que el proyecto era demasiado grande y de que se había metido en algo que no iba a poder terminar.
El chisme llegó tan lejos que incluso empezaron a decir que Pedro se había fugado del país. El rumor podía hacer daño porque Jaime Michelsen era uno de los principales financiadores del proyecto, y si el banco perdía la confianza, la construcción podía meterse en un problema serio. Pedro fue a hablar con Jaime, le explicó que la situación no era como la estaban pintando e incluso le propuso que mandaran un auditor a revisar las cuentas. Jaime le dijo que no, pero no porque desconfiara. Su razonamiento fue astuto: si el banco mandaba una auditoría y eso se filtraba, la gente diría '¿vieron?, sí está quebrado'. El propio intento de demostrar que el rumor era falso podía terminar haciéndolo parecer cierto.
La obra avanzó con jornadas agotadoras que terminaban a las once o doce de la noche. La esposa de Pedro, María Teresa, llegaba alrededor de las ocho con termos de tinto y agua de panela. Tiempo después descubrieron que al café le agregaba una pequeña copita de whisky: una pizca de gasolina para terminar el turno. Pero todavía faltaba convencer a mucha gente. Pedro organizó un gran evento en la terraza del edificio con amigos, comerciantes y posibles compradores. No fue una reunión con cuatro sillas plásticas: contrataron a la cantante Claudia de Colombia y pusieron un helicóptero en la terraza para que la gente pudiera volar sobre el proyecto y ver desde arriba el tamaño de lo que estaban construyendo.
El ambiente, sin embargo, seguía cargado de escepticismo. En medio del evento, Pedro alcanzó a escuchar a unos amigos suyos hablando; no eran enemigos, sino gente preocupada por él. Se preguntaban cómo ayudarlo, convencidos de que el proyecto lo iba a quebrar. La estructura ya estaba ahí y todavía había personas cercanas que creían que aquello podía acabar con él. Hasta que Virgilio Barco, quien había sido alcalde de Bogotá, tomó el micrófono y dijo exactamente lo contrario de lo que muchos estaban pensando: el problema no era que Pedro hubiera construido algo demasiado grande, sino que se hubiera quedado corto. Según Barco, a ese ritmo, en unos diez años el centro comercial podía quedar pequeño.
Ese discurso cambió el ambiente por completo. Pedro cuenta que ese día vendieron mucho y que las ventas continuaron durante los meses siguientes. La idea comenzó a dejar de parecer una locura. La maqueta se volvió concreto y los planos se transformaron en locales. El 27 de abril de 1976 abrieron las puertas de Unicentro: aproximadamente 80.000 metros cuadrados, 300 locales, 1.500 parqueaderos y más de 2.000 invitados en la inauguración. El proyecto del que habían dicho que podía quebrarlo estaba abierto. El hombre del que habían dicho que se había fugado estaba ahí, frente a su obra, demostrando que la confianza y la perseverancia habían valido la pena.
Una curiosidad final: Unicentro no le dejó a Pedro las utilidades enormes que mucha gente podría imaginar. Lo más importante que aquella obra le dejó a su empresa fue otra cosa: credibilidad y confianza. Y ahí es donde la historia vuelve al principio, a dos estudiantes sentados en el Rosario: uno con buena mesada pero sin plata para llevar a la novia al cine, y otro trabajando de noche para poder estudiar, sacando 10 pesos de lo poquito que tenía para ayudarlo. Años después los papeles cambiaron: Pedro necesitaba 5 millones, no tenía garantía tradicional y solo ofrecía su firma. Jaime confió. Primero fueron 10 pesos, después 5 millones. Y cuando alguien preguntaba qué había detrás de la firma de Pedro Gómez, la respuesta ya estaba construida: se llamaba Unicentro.
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