Opinión
Tras el adiós de James, la Selección Colombia no necesita un heredero: necesita repartir el liderazgo
La FCF confirmó el 15 de septiembre el retiro de James Rodríguez de la Selección Colombia, luego de 131 partidos, 31 goles, tres Mundiales y seis asistencias en la Copa América 2024. Su salida cierra un ciclo de más de una década y plantea una pregunta incómoda: ¿quién asume ahora la creación, la pausa y la voz de mand

La Federación Colombiana de Fútbol confirmó el 15 de septiembre la despedida de James Rodríguez de la Selección Colombia. Con el anuncio se cierra una etapa que ningún otro futbolista colombiano había protagonizado de la misma manera en este siglo: la de un jugador que, durante más de una década, concentró en sus pies la creación, el último pase, la pelota quieta y, en varios momentos, la propia identidad del equipo. La FCF registró 131 partidos, 31 goles, tres Mundiales y seis asistencias en la Copa América 2024. Esas cifras resumen una carrera enorme, pero no alcanzan a explicar el vacío que deja su salida ni la forma en que Colombia debería encarar lo que viene.
El anuncio del retiro fue cubierto por EL PAÍS, que reconstruyó el recorrido del futbolista con la Selección y su papel como capitán. Allí aparecen los hitos que todos conocen: el Mundial de 2014, el gol a Uruguay, el Botín de Oro, la condición de figura global. Pero también se asoma una lectura más compleja: la Selección se acostumbró durante años a depender de un solo jugador para resolver partidos cerrados, generar superioridad numérica y sostener la pelota cuando el plan colectivo se atascaba. Esa dependencia no fue exclusiva de James, pero su presencia la hizo natural. Y las despedidas, en el fútbol, no solo retiran jugadores: obligan a retirar también ciertas formas de jugar.
Por eso, el error más probable no es extrañar a James, sino buscarlo. La transición no puede reducirse a identificar al próximo creador con su mismo perfil, como si el problema fuera encontrar un diez idéntico. Colombia no necesita clonar a James Rodríguez; necesita construir un sistema en el que la creación no dependa de un solo nombre. La historia reciente del fútbol está llena de selecciones que intentaron reemplazar leyendas individuales con jugadores similares y terminaron perdiendo tiempo, partidos y rumbo. La Selección no tiene que ganar el partido contra la nostalgia, sino el partido contra la inercia de creer que todo debe pasar por un solo par de botas.
Repartir el liderazgo no es una consigna abstracta. En la práctica significa que la pelota quieta debe dejar de tener un dueño único; que la responsabilidad de darle pausa al juego debe circular entre dos o tres jugadores; que la cinta de capitán no puede ser un gesto simbólico de continuidad, sino una señal de corresponsabilidad. Los hechos observables del expediente no permiten afirmar decisiones del cuerpo técnico sobre quiénes asumirán esos roles, pero sí permiten plantear una exigencia futbolística concreta: si Colombia vuelve a depender de un solo jugador para generar fútbol, estará repitiendo el mismo diseño que la dejó expuesta cada vez que James no estuvo disponible.
Los seis asistencias registrados por la FCF en la Copa América 2024 son un dato revelador. No pertenecen solo al recuerdo emotivo de un torneo pasado, sino al patrón de funcionamiento de la Selección: un equipo que necesitaba a James para que la pelota llegara limpia al último tercio y para que el ataque tuviera una brújula. Ese dato no debe leerse únicamente como un elogio a su talento, sino como una alerta sobre el diseño del equipo. Las selecciones que sostienen ciclos largos no son las que tienen al mejor generador, sino las que generan de varias maneras: por dentro, por fuera, en transición y en ataque posicional. Colombia tiene el desafío de multiplicar sus vías de creación, no de sustituir a su creador más importante.
También hay un componente de liderazgo que va más allá del pase. James fue capitán y su figura ordenó el vestuario, marcó referencias y asumió costos públicos en momentos difíciles. Ese rol no se reconstruye con un nombramiento ni con una rueda de prensa. Se construye con actuaciones sostenidas, con capacidad de aparecer en los partidos exigentes y con la autoridad que da resolver problemas dentro de la cancha. La transición será real cuando varios jugadores se repartan esa carga y la Selección deje de mirar hacia un solo punto para saber qué hacer. En ese sentido, lo que viene no es un relevo, sino un cambio de arquitectura.
Conviene ser prudente con las conclusiones. El expediente no atribuye ninguna decisión concreta al cuerpo técnico sobre el nuevo armado, los convocados o los roles de creación. Cualquier lectura que presente como un hecho la formación de un nuevo liderazgo plural sería una interpretación, no una información verificada. Lo que sí se puede afirmar con el material disponible es que James ya no está, que su legado es estadísticamente medible y que el reto inmediato de la Selección es futbolístico antes que simbólico. La evidencia alcanza para plantear la pregunta correcta. Las respuestas del fútbol siempre llegan en la cancha.
La despedida de James también impone una responsabilidad al entorno, a la prensa y a la propia Selección: no convertir al próximo buen volante en su heredero anticipado. Ese mecanismo ya ha castigado a futbolistas colombianos en el pasado, cargados con comparaciones imposibles antes de tiempo. Si Colombia reparte la creación y el liderazgo, el nuevo ciclo no necesitará herederos. Necesitará jugadores libres para ser ellos mismos. Y esa es, quizás, la mejor manera de agradecerle a James lo que dejó: permitir que la Selección aprenda a jugar sin él, sin convertirlo en una sombra insuperable.
El cierre de un ciclo no se mide por el tamaño de la figura que se va, sino por la calidad del equipo que queda. Colombia tiene delante una oportunidad poco frecuente: reconstruir su funcionamiento sin la presión de depender de una sola estrella. Si lo logra, habrá honrado a James de verdad. Si lo intenta, y falla, al menos habrá comprendido que el fútbol de selecciones no se hereda: se diseña, se reparte y se vuelve a construir.
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