Opinión

El caso de Sam Gough invita a repensar la exclusión en educación física

La capitana inglesa contó que la retiraron de clase por considerarla un riesgo. Su historia plantea por qué conviene evaluar apoyos antes de excluir.

Equipo Pont3la10 ·

Samantha Gough es hoy la capitana de la selección inglesa de fútbol para ciegas y una deportista de alto rendimiento dentro de una modalidad que mezcla velocidad, precisión auditiva y una comunicación constante entre compañeras. Antes de liderar a las Para Lionesses en un Campeonato Europeo, vivió una experiencia que ilustra un dilema para la educación física inclusiva: la escuela decidió por ella que no podía participar. En una entrevista con The Guardian, Gough contó que fue retirada de educación física y que la consideraron un “riesgo”. No es un detalle menor de su biografía: es el punto de partida de una discusión que rara vez se da en los colegios con la seriedad que merece.

La anécdota no debe leerse como la denuncia de una institución específica ni como la comprobación independiente de una decisión escolar. Es el testimonio de una deportista de élite sobre la presunción general —que su presencia implicaba peligro— y el efecto que tuvo en su participación. La entrevista no identifica el centro educativo ni reconstruye el procedimiento que tomó la decisión, así que no permite concluir qué apoyos se valoraron. Sí deja planteada una pregunta más acotada: ¿por qué una alumna fue apartada antes de encontrar una modalidad de juego adecuada a su visión?

Lo que vino después le da al relato una dimensión particularmente instructiva. Gough describió que descubrió el fútbol para ciegas en el Royal National College for the Blind, Allí encontró una versión del deporte que no la definía por lo que no podía hacer, sino que estaba diseñada para potenciar lo que sí podía: un fútbol de cinco jugadoras por equipo, con balón sonoro y con la indicación verbal “voy” para avisar la proximidad en la cancha. La modalidad no es una concesión simbólica; es un deporte competitivo con reglas propias.

La International Blind Sports Federation (IBSA), en su reglamento vigente para el ciclo 2025–2029, describe el fútbol para ciegas con precisión: cuatro jugadores de campo, un portero y la figura del guía. Esa estructura reglamentaria responde a la necesidad de adaptar el juego: la discapacidad visual no elimina la posibilidad de competir, pero exige organizar el deporte de otra manera. El balón suena, las jugadoras hablan, el espacio se organiza de manera distinta. La esencia permanece: hay equipo, hay estrategia, hay goles.

La trayectoria de Gough demuestra que la exclusión escolar no fue una condena definitiva. Llegó a la capitanía de su selección, marcó un gol en el empate 1-1 frente a Polonia durante el Campeonato Europeo IBSA femenino de 2026, disputado en Estambul entre el 3 y el 7 de octubre, y se convirtió en una defensora explícita del acceso al deporte para jóvenes con discapacidad. England Football la presenta en esa doble condición: referente competitivo y voz de una causa que trasciende los resultados.

El punto central que su historia permite plantear es qué habría pasado si aquella escuela, en lugar de retirarla, hubiera preguntado qué ajustes seguros y razonables permitían su participación. No se trata de exigir que toda clase de educación física se transforme en un entrenamiento de fútbol para ciegas, ni de ignorar consideraciones legítimas de seguridad. Se trata de reconocer que la evaluación debe ser individual, informada y orientada a buscar soluciones, no a confirmar presunciones.

La distinción es práctica y tiene consecuencias inmediatas. Retirar a una estudiante por una idea general de riesgo elimina la posibilidad de descubrir si con un guía, con un balón adecuado o con una dinámica diferente podía participar activamente. Gough encontró ese camino fuera del sistema escolar. La pregunta incómoda es cuántas personas con discapacidad no lo encuentran jamás y terminan convencidas, sin evidencia, de que el deporte no es para ellas.

El fútbol para ciegas ofrece una respuesta concreta a esa inquietud. No es una actividad terapéutica ni una simulación reducida del fútbol convencional: es una disciplina con identidad propia, reglamentada internacionalmente y con una escena competitiva que incluye selecciones nacionales y torneos continentales. La presencia de Gough en Estambul, capitaneando a Inglaterra, es la evidencia más directa de que la discapacidad visual no es un impedimento absoluto para la práctica deportiva de alto nivel.

El caso no debe generalizarse a todas las escuelas ni a todos los sistemas educativos. No hay en el expediente evidencia que permita afirmar que esta situación sea universal, ni fuentes locales que autoricen conclusiones sobre la normativa o las prácticas en Colombia. Lo que sí hay es un testimonio suficientemente potente para sostener una tesis acotada: cuando la exclusión se decide por una presunción general, se cierra la puerta a evaluaciones individuales que podrían abrir oportunidades reales de participación.

La historia de Gough invita a una pregunta que cualquier comunidad educativa debería hacerse con honestidad: ¿estamos excluyendo por evidencia o por presunción? La diferencia entre ambas define, en muchos casos, si una persona descubre que puede jugar o si pasa años creyendo que no debe intentarlo. La capitana inglesa respondió esa pregunta con su trayectoria. Las escuelas todavía tienen la oportunidad de responderla con sus prácticas.

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